La Invitación Habían pasado varias semanas desde el incidente en casa del señor Pellgraine y todavía tenía pesadillas con lo que habí...

La Invitación

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La Invitación


Habían pasado varias semanas desde el incidente en casa del señor Pellgraine y todavía tenía pesadillas con lo que había ocurrido allí.

Fue un viernes por la mañana cuando se presentó un criado en mi congregación con una invitación a mi nombre. En ella era invitado al día siguiente a una fiesta en la mansión del señor John Bidwell. Al principio me extrañó bastante, pues como podía conocerme un hombre de su posición, rico, aventurero, empresario. Pero entonces recordé que la Aurora Dorada estaba formada por aristócratas y demás gente de la alta sociedad. Seguramente habría sido el Señor Yeats quien le habría hablado de mí.  Todavía no me había acostumbrado a estas atenciones. La confirmación llegó cuando me puse en contacto con mis compañeros y me corroboraron que ellos también habían sido invitados.

El doctor Blackthorne dijo que sabía de buena tinta que el Señor Bidwell había estado encerrado en un hospital para tratar la mente hasta hacía bien poco. Pensamos en acercarnos a preguntar por su dolencia al hospital pues esto parecía otra prueba de la Aurora Dorada, pero se encontraba demasiado lejos como para poder llegar a tiempo a la fiesta.


Al día siguiente me puse mi mejor traje, un regalo de Didae, y me reuní con mis compañeros en la mansión. Había comida, bebida y música, así que disfruté de la velada hasta que apareció el anfitrión. No había pistas en su semblante de cuál había sido la razón de su internamiento.

Saludó a todo el mundo de la fiesta personalmente, incluidos nosotros. Tras un poco de charla intrascendente el Dr Faraday le comentó, muy hábilmente, que estábamos interesados en el ocultismo (según habíamos oído el Sr Bidwell era un entusiasta, incluso había invitado a la fiesta al psíquico real). Se encontró encantado con la noticia y nos invitó a una pequeña reunión privada cuando terminara la fiesta.


Cuando se marcharon los invitados unos pocos fuimos conducidos al piso de arriba, a una pequeña biblioteca con una mesa en el centro rodeada de sillas. Tomamos asiento y el Sr Bidwell presidió la mesa. A su lado descansaba un pequeño y extraño cubo de cristal. Nos dimos la mano y comenzó a entonar una salmodia en un idioma extraño. No entendí lo que decía, pero sí que vi brillar el cubo. Cuando terminó estaba muy disgustado y nos echó de allí con maneras un poco bruscas. El Dr Faraday dijo haber entendido la palabra Yakub varias veces durante la ceremonia. 


Nos fuimos de allí extrañados. Estaba durmiendo cuando el Dr Faraday llamó a mi puerta. Al parecer algo había pasado en la mansión. Decía que había dejado a un sirviente mágico para que vigilara y que había visto un criado matar al Sr Bidwell y huir de allí. Recogimos a los demás a pesar de lo tarde que era y nos dirigimos a la mansión.

En la puesta estaba la policía que nos bloqueaba el paso. El Dr Blackthorne se adelantó y conversó con el policía, diciéndole que era el médico personal del Sr Bidwell. Al poco aparecieron los detectives Craig y Clevaland a los que logró convencer de que nos dejaran pasar.



El asesinato se había producido en la sala donde había realizado el peculiar ritual. El asesino era uno de los criados, un tal Hanson Bartlet. Había huído de la mansión llevándose un extraño cubo.

Revisando la biblioteca encontré varios volúmenes de lo que parecía un diario. Mis compañeros se habían dirigido a otras habitaciones hablando con los detectives, así que pude coger uno de ellos para echarle un vistazo, a pesar de que nos habían advertido que no tocáramos nada. En ese momento se escuchó un gran jaleo proveniente de abajo. Era el inspector Mulverhill por lo que pude escuchar. Y estaba muy cabreado por dejar entrar a civiles en la casa con una investigación abierta.


No quería robar el diario, pero tampoco quería dejarlo allí, pues era nuestra mejor pista. Además, si la Aurora dorada nos había metido en esto era porque las cosas se podían volver peligrosas y no quería que unos pobres durmientes se enfrentaran a lo que podía suceder. Así que me guardé el libro en mi chaqueta y salí intentando que no se notara mi aprensión. Gracias al cielo el inspector continuó gritando por lo que mi cara bien podía ser de sofoco debido a la fuerte reprimenda.


Una vez fuera hice participe a mis compañeros del hallazgo y me comprometí a leerlo e informarles por la mañana. Por su parte el Dr Blackthorne dijo haber encontrado una fotografía del Sr Bidwell en Australia junto con un joven y con el cubo de cristal en las manos.



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