La Mansión Pellgraine
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La Mansión Pellgraine
El despertar fue horrible, como una pesadilla.
Mis manos estaban manchadas de sangre, al
igual que la cama. Lo primero que hice fue buscar el origen de la sangre, pero
no encontré ninguna herida. Me lavé con agua fría pues no quería perder el
tiempo calentándola, así que entre temblores descubrí que no había ninguna
herida. Lo que me aterró vino después. Mientras me secaba empecé a sangrar de
nuevo, empapando la toalla.
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Intenté que el pánico no me dominara y empecé
a vendarme las manos para ir a buscar a mis compañeros, pero conforme me ponía
los vendajes se empapaban con sangre. Me concentré y elevé una plegaria a Dios.
Escudriñé el otro lado y pude ver que la sangre venía del mismo lugar que la
que la noche anterior vimos en la mansión.
Mientras pensaba que hacer llamó a mi puerta
el Dr Faraday. Él también había tenido un extraño despertar. Se había levantado
desnudo mientras su ropa estaba quedaba en la cama en posición de dormir, era
como si la hubiera atravesado.
Pasado un rato deje de sangrar y decidimos ir
a por nuestro compañero restante para reunirnos con Yeats.
El médico también había tenido problemas, sus
manos se habían vuelto translucidas y no podía coger nada.
Nos reunimos con Yeats quien llevaba con él a
un nuevo miembro de nuestro variopinto grupo, el señor Robert Poulson. Su pinta
era, como decirlo...diferente. Parecía que vivía en la calle.
Nuestro benefactor decía haberse despertado
con visiones de seres monstruosos, debíamos darnos prisa.
Los cinco llegamos a la mansión temiendo lo
que podíamos encontrarnos, y teníamos razones para ello. En el suelo delante de
la casa había un cuerpo. Era una de las sirvientas y al darle la vuelta vimos
que algo le había mordisqueado la cara, dejando los músculos de su cara al
descubierto y sin ojos. Pero lo que había acabado con su vida había sido la
caída desde una de las ventanas del piso superior que pudimos ver rota.
Corriendo Intentamos entrar en la casa, yo fui
con el Sr Poulson a ver si había puerta trasera pues la delantera estaba
cerrada, pero tras un breve vistazo sin encontrar nada para entrar volvimos. El
médico había conseguido abrir la puerta, y dentro nos esperaba otro horror. Una
mano humana, según mis compañeros la del Sr Pellgraine, asomaba del techo. Pero
este no estaba roto, sino que parecía que la escayola se hubiera fusionado con
la carne. Íbamos a subir corriendo cuando oímos los gritos de auxilio de la
habitación contigua. Al traspasar el umbral vimos a uno de los criados tirado
en el suelo mientras varias criaturas le atacaban. Eran una especio de gusanos
gigantes, como de medio metro de grande con una boca llena de dientes afilados.
También había una araña monstruosa. Robert salió corriendo hacia esas criaturas
y le asestó una brutal patada a una de ellas haciéndola pedazos contra la
pared. Yo seguí su ejemplo animado por su éxito y de otra patada acabé con la
vida de otro de esos gusanos. Entre los demás acabaron con la araña, pero no
pudimos hacer nada por el pobre criado pues ya estaba muerto. Mientras
examinábamos las criaturas, que parecían provenir del otro lado del velo, de la
habitación que había más allá vinieron varias criaturas más y un enjambre de
insectos repugnantes.
Estos nuevos enemigos nos dieron más trabajo,
sobre todo el enjambre, que causó graves heridas al Sr Yeats. El médico también
sufrió heridas de consideración, pero gracias Dios era un experto en el arte de
la curación y con su curiosa técnica basada en drogas restableció tanto su
salud como la del escritor. Pero antes el Dr Faraday tuvo que emplearse a fondo
con su magia, chamuscando a las criaturas que atacaban al médico.
En el piso de arriba se oían gritos de dolor,
pero fuimos directos a donde creíamos que estaba Pellgraine. Algunos de esos
gusanos lo estaban atacando así que nos apresuramos a defenderlo. Estas
criaturas parecían más fuertes, o quizás habíamos tenido suerte en nuestro
primer encuentro. No presté demasiada atención a mis compañeros pues acabé luchando
por mi vida. Conseguí acabar con uno de ellos indemne pero el segundo, luchando
al lado del médico, me hirió de consideración. Con un poco de fortuna, y gracias
a la magia, conseguimos acabar con todos. Todos habíamos luchado menos Faraday,
quien se había hecho con el crucifijo y se había dedicado a estudiarlo. Dijo
que creía saber cómo expulsar a la presencia tenebrosa.
Arthur estaba todavía vivo, pero nunca
volvería a ser el mismo. Parte de su hombre y casi todo el brazo estaban
fusionados con el suelo. Discutimos si interrogarlo sobre la situación, pero
parecía claro lo que había ocurrido aquí. Aquello que la Sr Pellgraine había
hecho volver estaba de nuevo en este mundo y más cosas habían vuelto con él.
Así que decidimos sedarlo.
Salimos hacia la habitación donde todo había
comenzado. Justo antes de llegar había un criado en el suelo, muerto. A su lado
había una escopeta. Poulson salió corriendo para hacerse con ella y, justo
cuando sus dedos tocaban el metal del arma, vio a la criatura causante de todo
esto.
Era un ser demoniaco, parecía estar formado
por dos personas que se iban fusionando continuamente. Cuando nos vio lanzó un
alarido y se lanzó directamente a por mí, con unas garras monstruosas por
delante. Seguramente podía notar al Señor en mí. Su primer golpe casi acaba
conmigo. Era demasiado rápido para mí por lo que no me dio tiempo a esquivarlo
a pesar de que venía desde la otra punta del pasillo. Caí al suelo, momento que
escogió Faraday para recitar unas palabras en un extraño idioma (estoy casi
seguro de que era enoquiano). De pronto toda la casa comenzó a temblar y un
ruido de succión salió de la habitación. Todas las criaturas, incluida la que
acababa de atacarme, comenzaron a ser arrastradas hacia ella. Viendo que la
criatura no estaba vencida decidí usar todo el poder de Dios y metiendo la mano
en el bolsillo de mi chaqueta agarré la corteza del árbol blanco. Pronunciando
un salmo apunté con la otra mano en su dirección y un rayo de Magia pura le
golpeó en el pecho. No fue todo lo poderoso que yo esperaba, pero bastó para
alejarlo de mí y que se pusiera a tiro de Robert quien diciendo “come plomo”
disparó la escopeta, haciendo caer al suelo como un guiñapo a la criatura.
Instantes después todos los seres que habían
entrado por la grieta volvieron a su mundo.
Buscamos supervivientes pero el único era
Arthur Pellgraine, así que empezamos a discutir que hacer. El Sr Yeats quería
irse sin más, ya se encargaría la policía. Nosotros creíamos que deberíamos
arreglar el desastre, pero no había forma de hacerlo civilizadamente. El otro
punto discordante era Arthur. Yo quería sacarlo de allí, pero todos los demás
querían matarlo por misericordia. ¿Acaso sabrán lo que es la misericordia? Al
final murió igualmente mientras el médico lo sedaba.
Salimos de allí rápidamente y cuando ya
estábamos en lugar seguro hablamos con Yeats sobre el crucifijo, que acabó
regalándonos.
Benjamin Conrad

